El Amigo Invisible: Diez graduados y un fragante regalo
Diez antiguos compañeros de facultad y un caserío aislado por la lluvia. Lo que comenzó como una cena de aniversario para celebrar el éxito de la promoción se detuvo en seco cuando el primer envoltorio cayó al suelo.
Hay deudas que no se pagan con Bizum y mensajes que solo un mensajero profesional puede entregar.
El banquete de las sospechas
El salón del caserío conservaba el olor a madera húmeda y a unas pizzas que se enfriaban en los platos. Diez adultos ocupaban sus sillas bajo la luz mortecina de la chimenea. En el centro de la mesa, los paquetes del Amigo Invisible aguardaban como pequeñas bombas de relojería.
Pablo, cuya mandíbula proyectaba una seguridad que delataba su soberbia, fue el primero en abrir el suyo. El silencio que se instaló en la sala no fue de sorpresa, sino de náusea. Sobre el papel de seda descansaba un ejemplar cilíndrico, marrón y firme; un Nivel 2 de la escala de Bristol.
No había ninguna nota graciosa, solo una tarjeta blanca con seis palabras: «Para que no olvides tu esencia».
El juego del descarte
Las acusaciones volaron más rápido que el vino. Lucía señaló a Pedro por su timidez; Marcos se defendió alegando que estuvo con Lucía comprando otros regalos. Sandra ni siquiera conocía la nueva dirección de Pablo. Las miradas terminaron en Elena, la víctima de aquel vídeo humillante que Pablo había difundido meses atrás.
—Elena, has sido tú, ¿verdad? —preguntó Pablo, cuya voz ya no sonaba tan segura—. Tenías la dirección, el motivo y no tienes coartada.
Elena dejó la copa en la mesa con una calma gélida. Sus ojos recorrieron a cada uno de los presentes con una frialdad desconocida. «¿Confesar qué, Pablo? ¿Que me parece que el regalo te define perfectamente?», respondió ella.
Pablo se levantó, señalándola con el dedo: «¡Lo sabía! Has usado mandalamierda.com para intentar humillarme, literal».
La verdad sale a la luz
Elena caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró hacia Pedro, que seguía sentado, impasible.
«Gracias por el gesto, Pedro. Pero la próxima vez, asegúrate de que no usas mi ordenador para entrar en la web. Borrar el historial no sirve de nada si dejas la sesión de la wallet de criptos abierta».
El salón quedó en un silencio absoluto. Pedro, el chico «raro» que supuestamente no tenía dinero ni para el gasoil, sacó un segundo móvil del bolsillo.
—Ella no ha sido, Pablo —dijo Pedro, levantándose—. Ella es demasiado elegante para esto. Pero yo no. Yo vi cómo se le caía el mundo encima mientras tú te reías de ella. No necesitaba su dirección; me bastó con seguirte el día que hiciste la mudanza.
«Disfruta del regalo. No lo ha mandado la víctima, lo ha mandado el que se cansó de mirar».
En mandalamierda.com no juzgamos tus motivos, solo garantizamos que tu mensaje llegue intacto.